Sí, es Daniel Defoe, el escritor del famoso Robinson Crusoe, quien narró Diario del año de la peste, un libro que vio la luz exactamente 299 años, marzo de 1722, y que no tendría por qué dejar indiferente a quien lo lea. Aunque se trata de una obra ficticia –construida posiblemente a partir de los diarios del tío del autor, Henry Foe–, el proceso, los detalles, y las cifras, son indudablemente un espejo de la pandemia que exactamente hace un año empezamos a vivir con el Covid-19.
Defoe reconstruye, paso a paso, los inicios de la gran plaga que atacó a Londres en 1665, calificada como la última epidemia de peste bubónica en Inglaterra. Indudablemente, el libro es una viva crónica medieval que, bajo la inminente reiteración religiosa, clama el terror vivido, y rememora a un presente apenas visto: “especialmente, después de que la peste hubo seguido a la primera, cuando vi nuevamente otra similar, no pude menos que decir a que Dios no había castigado aún bastante a la ciudad”.
Tal y como lo hemos vivido con el coronavirus, el Diario del año de la peste transmite las sensaciones que seguramente muchos padecimos durante este primer año de pandemia: “lágrimas y lamentos se veían y oían en casi todas las casas, especialmente al comienzo de la epidemia; pues ya hacia el final, los corazones de los hombres estaban endurecidos y la muerte estaba ante sus ojos tan constantemente, que ya no se preocupaban mucho por la pérdida de sus amigos, ya que veían que ellos mismos podrían ser llamados a la hora siguiente”.
Pese a la ficción delatada por la edad del autor, (cuando fue la peste él tenía cinco años), Defoe transmite sentimientos, hechos y hasta acciones tan terroríficas como los “fallecimientos necesarios” a las que se vio confrontada la sociedad inglesa en aquel tiempo en el que la muerte acechaba a todos en todos lados; tal como lo empezamos a vivir en muchas geografías desde aquel marzo de 2020: “se produjeron algunos casos espantosos, señaladamente dos en una misma semana, de madres angustiadas que, en el delirio de la locura, asesinaron a sus propios hijos”. Y, con la misma precisión de los detalles que se proporcionan, el autor presenta cifras de muertos, enfermos y contagiados. Con el mismo arte, cuenta la manera en la que se empezaron a vender remedios que “curaban” los efectos de la peste negra; evidentemente hechos fraudulentos. Asimismo, la destitución de médicos y funcionarios en la política; así como los impactos económicos –incluyendo el desempleo– que se generaron. Tal y como ha estado sucediendo en muchas partes del mundo en pleno siglo XXI.
Frente a esta analogía que expone Diario del año de la peste ante la pandemia del Covid-19, al final del libro, la reiteración de lo serio que es cualquier situación que amenaza la salud pública, así como la necesidad y urgencia del confinamiento, cabe resaltar un contexto urgente que vimos durante este año con el llamado al confinamiento: había “padres y madres de familia que iban a todas partes, cual si hubieran estado sanos, creyendo estarlo, hasta que, gradualmente, contagiaban y destruían a sus familias enteras, cosa que jamás habrían hecho si hubieran tenido la más remota sospecha de que estaban enfermos y de que eran un peligro para los demás”.
Por ello, aunque hasta el momento no se tenga notificación de crudeza como la que se describirá, es evidente que debemos continuar con las alertas ante la situación que estamos viviendo: “era tan frecuente escuchar, desde la calle, los gritos agudos de las mujeres y los niños, lanzados desde las ventanas y las puertas de sus casas, en las que sus seres queridos estaban muriendo, o tal vez acababan de morir, que hubiesen podido traspasar el corazón más duro del mundo de haberlos escuchado”. Corazón que esperemos, en esta pandemia del siglo XXI, se logre trastocar hasta la consciencia de todos para terminar con lo que para el mundo entero ha sido la peor pesadilla del inicio de la segunda década de este milenio.
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