A unos días de las elecciones del 6 de junio, las más grandes de la historia del México actual, tenemos dos caminos al momento de efectuar el voto: elegir al azar o inclinarnos por el que nos parece “mejor”. En automático podría surgir la siguiente interrogante: ¿qué significa realmente un candidato mejor o peor; bueno o malo? El filósofo alemán, Arthur Schopenhauer, en su libro Metafísica de las costumbres, aclara que el concepto se puede dividir en dos subclases: lo “agradable” y lo “útil”.
El pensador alude a que el “concepto contrario” a “bueno”, si no se refiere a seres dotados de conocimiento, queda expresado con la palabra “malo” y, con menos frecuencia, con el término más abstracto del “mal”. Pero ambos describen aquello que no resulta conveniente al esfuerzo de nuestra voluntad. De esta manera, a todo ser que puede entrar en relación con la voluntad, se le llama bueno o malo; de modo que, al hombre propicio o provechoso para los fines apetecidos, se le nombrará bueno con ese significado, y bajo el respecto de la relatividad que conlleva dicha calificación.
Por ello, debemos tomar en cuenta que, si queremos defender como bueno o malo a un candidato, el mismo Schopenhauer explica cuál es el resultado: los conceptos de bueno y malo o maligno se constituyen, pues, partiendo del lado pasivo; algo es bueno para alguien, quien endosa ese nombre a la persona en cuestión con arreglo a su relación para con él. Es decir, que no existen candidatos “buenos” o “malos”. Éstos serán definidos a partir de quien cada individuo considere prudente denominarle así, por voluntad propia.
En el mismo sentido, cada uno de nosotros tomamos decisiones a partir de una serie de características que llamamos principios, mismos que se definen con base en una educación moral determinada y una ética que vamos construyendo. Por ello, habrá que aclarar la diferencia entre ética y moral. La filósofa mexicana, Paulina Rivero Weber, da un recorrido desde la raíz de ambos términos en su artículo “Apología de la inmoralidad”, “ética” viene del griego y “moral del latín”. Moral significa costumbre, incluso su uso en latín indica las costumbres de una sociedad. Así, entenderemos moral como un conjunto de costumbres que han sido llevadas a nivel de normas, y que están reguladas para la sociedad dentro de un marco.
Rivero Weber alude a que la moral pide una especie de seguidores que requiere de individuos que la sigan, sin cuestionarla. Por ello se puede aludir a que existen diferentes morales, ya que varían a través del tiempo y espacio. Un ejemplo que propone es el de la homosexualidad: “nuestra sociedad padece una homofobia radical, y lo que hace 2500 años era ‘bueno’, ahora es ‘malo’”, señala la académica de la UNAM.
Por su parte, la ética es parte de la filosofía y consiste en un constante cuestionamiento del ámbito de lo moral. La ética es capaz de pensar y analizar conceptos morales, estudiar los valores.
Así, la persona moral actúa, en sus actos hay un paso inmediato; por lo que no piensa, sino que obedece. Por su parte, el individuo ético lleva a cabo un cuestionamiento mediante sus actos; la deliberación y libre elección. Así, en la moral el individuo sigue normas exteriores sin cuestionarlas; la ética es autónoma, por tanto, “el individuo éticamente bueno es aquel que ha llegado por sus propias capacidades a crear sus propios valores, y se impone a sí mismo una ley autónoma tomando en cuenta las limitaciones de toda acción”, establece Paulina Rivero Weber.
A partir de estos conceptos, tendrán que venir las interrogantes: ¿quién es un candidato bueno o malo? ¿México necesita de un gobernante ético o moral? Y, sobre todo, ¿yo soy más ético que moral o viceversa, para tomar una decisión?