La pérdida de sus padres, las lecturas en San Gabriel y los años de internado marcaron la infancia del autor de “Pedro Páramo”, una obra para volver a leer en Día de Muertos.
En “Pedro Páramo”, los muertos tienen mucho que contar. Sus recuerdos, deseos y rencores recorren Comala, el pueblo al que Juan Preciado llega en busca de su padre.
Detrás de ese universo literario está Juan Rulfo, un escritor que conoció la pérdida desde niño.
Nacido el 16 de mayo de 1917, Rulfo tenía seis años cuando su padre, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, fue asesinado en junio de 1923, en el sur de Jalisco.
De acuerdo con una investigación de Juan José Doñán, publicada en la revista “Luvina de la Universidad de Guadalajara”, el crimen estuvo relacionado con un reclamo por ganado que había invadido sus potreros.
Tras el asesinato, su madre, María Vizcaíno, y sus hermanos se instalaron en la casa de la abuela materna, Tiburcia Arias, en San Gabriel.
Una biblioteca en medio del conflicto
Durante el conflicto religioso de los años veinte, el sacerdote Ireneo Monroy dejó su biblioteca en la casa familiar. Aquellos libros abrieron al pequeño Juan un espacio para la lectura en una región atravesada por la violencia.
Entre sus lecturas estuvieron obras de Alejandro Dumas y Víctor Hugo, así como historias de aventuras. Años después, el escritor recordaría que pasaba buena parte del tiempo leyendo.
En 1927 ingresó con su hermano Severiano al Instituto “Luis Silva”, en Guadalajara. Ese mismo año, el 27 de noviembre, murió su madre. Según la investigación de Luvina, ninguno de los dos pudo asistir a los funerales.
A los diez años, Rulfo había perdido a ambos padres.

Del internado a las voces de Comala
El escritor recordó con dureza su estancia en el internado. En una entrevista con Joaquín Soler Serrano, transmitida por Televisión Española en 1977, resumió aquella experiencia: “lo único que aprendí fue a deprimirme”.
Con el tiempo trabajó en oficinas de Migración y en una empresa de neumáticos, mientras desarrollaba su escritura y su actividad fotográfica.
En 1953 publicó “El llano en llamas” y dos años después “Pedro Páramo”. Su obra convirtió el abandono, la violencia, la memoria y la muerte en un universo literario que continúa encontrando lectores en distintos idiomas.
En estos días de ofrendas, volver a Comala es otra manera de acercarnos a quienes ya no están: escuchar sus historias y preguntarnos qué permanece de una vida en la memoria de los demás.