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Al votar se hace camino; así se construye la paz, así se garantizan la justicia, la democracia, el bienestar, así se defiende la soberanía

Aquí, en el 2018, no asaltaron las masas el palacio de invierno como quisieran imaginar que sucedió los puros y los duros. No se alzaron en armas las y los ciudadanos, para reducir violentamente a cenizas a un régimen oprobioso, pero tampoco acudieron las y los votantes a las urnas como venían haciéndolo desde hacía décadas, como piensan cínica y convenientemente a quienes benefició el viejo régimen, para celebrar un ritual sexenal más y sólo cambiar de presidente.

¡Qué va!

No con las armas, pero sí en las urnas, las y los ciudadanos decidieron, con sus votos a favor de Andrés Manuel López Obrador, cambiar, acabar por completo con un régimen corrupto, poner fin, definitivamente, a una época oscura en la que la impunidad era la ley suprema y el poder político tan solo un apéndice del poder económico.

¡Ya basta con esto!, dijo la gente con sus votos.

No con las armas, pero sí en las urnas aquí se decidió y esa decisión se ratificó en las elecciones del 2021 y se habrá de ratificar de nuevo, estoy seguro, en las del próximo 5 de junio que es a los más pobres de los pobres a quienes, por un principio elemental de justicia, debe tenderse primero la mano y que esto ha de hacerse, como dice López Obrador por el bien de todas y de todos.

México, ahogado en sangre por la guerra impuesta por Felipe Calderón, desgajado por una monstruosa desigualdad social, estaba, es preciso reconocerlo, sufriendo un acelerado e irreversible proceso de descomposición social, económica y ética, y se encontraba, vuelvo a citar a Ricardo Flores Magón “al borde del sepulcro”.

Esta, nuestra patria, convertida en una enorme fosa clandestina, estaba hecha pedazos y a punto de estallar. Hacía falta “esa señal de vida, de vigor” que se produjo en el 2018.

Se equivoca quien piensa que, como se trató de una elección más, otra entre tantas, pacífica, además, limpia y auténtica como lo establece la Constitución, los cambios habían de ser solo cosméticos, para que a la manera del Gatopardo al final todo siguiera igual.

Un crimen y un suicidio colectivos hubiera sido continuar por el mismo camino.

Se equivocan también esos que apostaron a que sus sueños revolucionarios se cumplirían de inmediato. Un cambio profundo, estructural, radical, pero pacífico solo es posible cuando se hace una revolución en libertad; es decir, cuando la transformación se hace a partir del convencimiento, el consenso, la consciencia y la participación ciudadana; sin coerción de ningún tipo por parte del Estado y a partir de las decisiones que en las urnas toman las mayorías.

Es cierto que los cambios sociales; cuando se hacen en libertad y en democracia, toman más tiempo y que como dice López Obrador, el viejo régimen aún no termina de morir y el nuevo no aun termina de nacer. Y es cierto también que esos cambios producen efectos más profundos y más duraderos.

Los golpes violentos de timón -no importa el sesgo ideológico de los mismos- implican necesariamente la restricción de libertades y son resultado, la mayoría de las veces, de decisiones tomadas por vanguardias revolucionarias o por camarillas golpistas que suelen, así ha sucedido históricamente, aislarse del pueblo al que dicen defender o pretenden salvar y terminan reprimiéndolo.

Ni la desesperación de los que pretenden imponer el cambio a su ritmo y a su manera, ni el cinismo de los que creen que una transformación es imposible y que estamos destinados, condenados a volver al pasado autoritario.

Al votar se hace camino; así se construye la paz, así se garantizan la justicia, la democracia, el bienestar, así se defiende la soberanía, que, como hoy sucede en México con López Obrador, el pueblo mande y el gobernante obedezca.

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