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Tocamos fondo con usted, Felipe Calderón

La mañana del 16 de noviembre de 1989, cuando trataba de entrar a la zona de combate, allá en la colonia Zacamil en San Salvador, me detuvieron, efectivos del Batallón Atlacatl del ejército gubernamental, en un retén.

Estaban a punto de lanzar una ofensiva para expulsar a la guerrilla de unos multifamiliares donde ésta se había hecho fuerte.

Aproveché que los oficiales comían pan con café para conversar con ellos, preparar mi cámara y filmar la incursión.

De pronto recibí una llamada por el radio, me aparté unos metros y escuché a un colega que me decía; “Mataron a los jesuitas; mataron a Ellacuría”.

Me quedé frío.

Yo quería y respetaba mucho a Ignacio Ellacuría.

Cada tanto tiempo lo visitaba en su despacho de la Universidad Centro Americana y conversábamos de la guerra, de mis entrevistas con comandantes guerrilleros, jefes militares y políticos, de lo que pensaba sobre la paz y del futuro.

Era un hombre tan bueno, como valiente, agudo y deslumbrante.

Había sido clave en el proceso de transformación de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, quien, de vicario militar, pasó a ser “la voz de los sin voz” y a pagar con su vida ese atrevimiento.

“¡Puta madre -grité- mataron a Ellacuría!”.

“Habrán sido los terengos, los guerrilleros” dijo, sin dejar siquiera de tomarse el café, un joven teniente; el mismo que unas horas antes había asesinado a Ellacuría y a cinco padres jesuitas más.

La guerra es cosa de niños; son niños y jóvenes los que matan y mueren. Son hombres mayores que generalmente no corren ningún riesgo los que se los ordenan.

Ellacuría luchaba a brazo partido por la paz; la paz que solo puede ser fruto de la justicia.

Ellacuría había abrazado la opción preferencial por los pobres y sabía que eso habría de costarle la vida.

Imposible, para mí, no evocar su memoria y su pasión, hoy que han sido asesinados en Cerocahui, Chihuahua, allá donde viven los más pobres de los pobres, dos padres jesuitas más; Javier Campos y Joaquín Mora.

Imposible, para mí, no pensar en los malditos que, desde sus oficinas blindadas imponen a sus pueblos la guerra y el terror.

A los padres jesuitas en El Salvador los mató un ejército que obedecía órdenes de una oligarquía rapaz y que estaba al servicio de Washington.

A los padres jesuitas aquí los mató el narco al que desde, los Estados Unidos, el mayor consumidor de drogas del mundo, le llegan las armas y el dinero.

La guerra en El Salvador fue la única salida ante la injusticia.

La guerra en México fue, por el contrario, impuesta desde el poder para perpetuar la injusticia.

Leo qué, poseído de santa indignación, Felipe Calderón se pregunta en twitter: “¿Tocamos ya fondo? ¿Se olvidará este hecho sin precedentes en días por venir?” y no puedo dejar de pensar en que su cinismo es idéntico al del teniente, aquel el del teniente que ejecutó a Ellacuría.

Fondo tocamos, le respondo a Felipe Calderón, desde el momento mismo en que se robó la presidencia. Desde que, reo de traición a la patria, se postró ante Washington y nos impuso una guerra sangrienta e inútil.

Fondo tocamos desde que hizo de Genaro García Luna su mano derecha y compartió así el mando con el crimen organizado.

Fondo tocamos desde que impuso a la prensa y a la opinión pública la mansa aceptación de las llamadas “bajas colaterales” e hizo del “en algo andarían” (su versión del “mátalos en caliente” de Porfirio Díaz) la coartada perfecta para la masacre.

Fondo tocamos desde que, a balazos, impuso a decenas de miles de jóvenes un solo destino; el horror. Ese horror del que a balazos, como hoy muchos piden que se haga, no habremos de escapar jamás.

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