Crítico, analítico, vigoroso y con “ojo sabio”. Así podría ser ilustrada una primera estampa para imaginar quién fue, ha sido, es y será siempre Carlos Monsiváis. Más que el cronista de la Ciudad de México, es el relator del alma de nuestro país, de sus habitantes y de sus almas.
Nació el 4 de mayo de 1938 y murió un 19 de junio del emblemático 2010; año de celebraciones y festejos históricos para el país sobre el que jamás dejó de ser enérgico, pero cariñoso; y a la vez coqueto con sus palabras.
Con matices contrastantes, como su alto compromiso religioso, pero su casamiento con las causas marginadas, Monsiváis logra dejar entre su legado un caleidoscopio lleno de ideas claras y firmes sobre la realidad del México del Siglo XX, con claros ideales de este siglo XXI. De esta manera, si se tuviera que explicar quién es exactamente Carlos Monsiváis, se podría dividir en dos el entendimiento: “Una persona seria, pero también un bufón. Su brutal y demoledora crítica hacia quien fuera, eran parte de él. No había personaje del que no se riera. Era una característica nata.
“No obstante, Carlos Monsiváis, era más bien un lector. Tenía una marcada influencia de varios personajes, reporteros, sociólogos… de los años 60. Estaba muy adelantado a su tiempo. Fue él quien se encargó de traer a México las palabras in y out, para determinar –en el entorno intelectual–, quién estaba dentro o fuera del círculo. Esa terminología, muy afamada en Nueva York, la importó de Estados Unidos. Y quién mejor que él, el personaje que sabía hablar perfectamente inglés”, recuerda el escritor Eduardo Mejía, quien fue cercano al autor y también conocedor de la urbe mexicana, con una de sus obras más importantes: Baúl de recuerdos: sabores, aromas, miradas, sonidos y texturas de la Ciudad de México.
De causas marginadas
“La ‘desesperación urbana’ y su imagen arquetípica: la pareja desciende del camión, con bultos que incluyen seis niños, y se lanza a conquistar el Edén subvertido. En su pueblo no hay trabajo ni agua, los latifundistas le imponen precios de hambre a sus productos, un hijo se les murió por falta de atención médica”, así inician las “Viñetas del movimiento urbano popular”, compendiadas en uno de sus libros más emblemáticos: Entrada libre. Crónicas de la sociedad que se organiza.
Y es precisamente, así como lo recuerda el escritor Eduardo Mejía.
A Monsiváis le importaban los oprimidos. Ésos que estaban fuera de la mirada de los políticos. Buscaba resaltar y mostrar su afinidad. Tenía entusiasmo y simpatía con las causas perdidas. Se enfocaba en esa izquierda de los perseguidos, de los marginados. Sus crónicas y reportajes eran de esa izquierda heroica que poco se veía”, afirma Mejía.
Dentro de la historia de vida de Carlos Monsiváis, destaca su primera aparición en público, justo desde la trinchera de la que él defendía:
Fue en 1954. Tenía 16 años. Se trataba de una manifestación organizada por el escritor y político Carlos Pellicer. El levantamiento era en apoyo a la República de Guatemala, que estaba siendo víctima de bombardeos de Estados Unidos, y de un golpe de Estado. Ahí es cuando empieza a resaltar Monsiváis y su inclinación ideológica”, destaca Mejía.
Temas “marginales”
“A partir de los años 60, cunden las organizaciones en las colonias populares. Antes, ni esperar asomos democráticos, en las llamadas ‘ciudades perdidas’, los juntaderos de cartón, ladrillo y seres humanos en donde se agazapan familias espantadas y halagadas por la presencia del fotógrafo”.
Bajo este estilo, sencillo: concreto, puntual, pero contundente, se esconde la sutil crítica de Carlos Monsiváis.
Una más de sus “Viñetas del movimiento urbano popular” demuestran que el prosista hizo política sin ser politólogo; hizo antropología y sociología sin haberse especializado en ello. Así como habló de movimientos estudiantiles, siempre exponiendo la autenticidad de lo que estaba pasando, escribió sobre los obreros, la situación agraria, los pobres, los ricos.
“Sin ser feminista, dio un gran apoyo al movimiento. Resaltando la acción de las escritoras que estaban movilizándose, lo logró. Sin decir abiertamente que era homosexual, apoyó al movimiento gay. Gracias a El vampiro de la colonia Roma, del autor Luis Zapata, que eliminó el estigma del homosexual afeminado y grotesco, Carlos Monsiváis fungió como propulsor para que esta novela se visibilizara, el tratamiento de personajes homosexuales que no fueran ridiculizados. A partir de ahí, después de esa obra, muchos autores empezaron a publicar sus obras con esa temática. Dejaron de ocultarse para mostrar lo que estaban haciendo. En eso contribuyó mucho Carlos”, puntualiza Mejía.
De letras diversas
Existen autobiografías sobre Carlos Monsiváis. Se tendría que asumir que todo lo que se cuenta en ellas es su historia oficial y lo único que debe acatarse, pero, como en todo personaje de la talla que ha logrado hasta el presente, se siguen abriendo surcos que muchas veces podrían sonar desconocidos:
“La no abierta declaración de su homosexualidad es posible que tenga que ver con que, por un lado, venía de una historia de persecución. El haber estado del lado de los marginados, también sabía lo que ellos habían estado viviendo”.
Por otro lado, era un protestante comprometido. Bien sabido, pero poco conocido era que cantaba en su iglesia, ubicada en la colonia Portales. Ese talento lo reconoció incluso en su momento Lola Beltrán. Definitivamente no hay ningún registro grabado, pero sí es algo que sus círculos más cercanos conocían. Seguramente ese acercamiento religioso también le representaba un contexto en el que no podía decir abiertamente su orientación sexual. Pero, al mismo tiempo, tampoco expresaba abiertamente que era protestante. Él siempre estuvo muy orgulloso de mantenerse del lado marginado”, señala el escritor Eduardo Mejía.
Otro legado de Monsiváis fue la Zona Rosa. Y no la que se conoce actualmente. Más bien ésa de intelectuales, tiendas caras y ubicada como un lugar para gente selecta.
Él la puso de moda. Se la pasaba ahí. Era ése el sitio en el que se citaba siempre con sus amigos. Llegando tarde, todo el tiempo, Carlos puede considerarse un héroe de la Zona Rosa. Era ahí donde se podía intimidar, estar entre los lujos de las tiendas de prestigio, la gente pudiente, actores, directores y locutores, la que él impulsó como un hábitat natural para aquel círculo”, relata Eduardo Mejía.
Así es como se cierra un pequeño capítulo de uno de los personajes más icónicos del siglo XX. Por sus letras, por su ideología, por su ojo crítico y ejercicio analítico. Por la manera de ver los ángulos que nadie podía –o quería ver– sobre aquellos grupos oprimidos, tapados y encerrados por el disfraz del cinismo social y gubernamental.
Quién iba a ser capaz de encontrar en las páginas de un libro ‘serio’ a la Sonora Santanera? ¿Quién se atrevería a haber dedicado páginas y páginas a una agrupación a la que no se le daba importancia, ni social ni cultural? ¿Quién más si no?: Carlos Monsiváis”, rescata y enaltece con orgullo uno de sus grandes allegados, el maestro Eduardo Mejía.