Reportajes especiales

Kenya Cuevas, defensora de los derechos de mujeres trans

Kenya Cuevas actualmente es activista y fundadora de Casa de la Muñecas Tiresias, un espacio desde donde lucha por los derechos de las mujeres trans, trabajadoras sexuales y personas privadas de su libertad.

Su vida no ha sido fácil. Kenia fue la hermana de siete hombres y vivía con su abuela porque su madre se había ido a Estados Unidos. En la casa existía un clima de violencia porque la veían amanerada y todo empeoró cuando murió su abuela; quedó sola a los nueve años. Los hermanos a veces no le daban ni de comer así que comenzó a trabajar. 

Una tarde decidí salir de casa, no sabía nada de lo que iba pasar, pero sabía que no iba a regresar a mi casa. Cuando llegó la noche una silueta de una mujer trans me deslumbro. Yo me quería vestir como ella y parecerme a ella”, contó Kenya Cuevas.

 

La calle

La mujer de la silueta le explicó que lo primero que necesitaba era dinero y fue así que le mostró cómo funcionaba el trabajo sexual. Esa noche paró un carro y el cliente le pagó toda una semana de hotel. Ese lugar era también la casa de muchas trabajadoras sexuales trans que ese día llevaron a Kenya a comprar pestañas, maquillaje y zapatillas.

En la noche la presentaron formalmente en el trabajo. El oficio la llevó a conocer las drogas y al poco tiempo quedó en las calles del Centro de Ciudad de México trabajando solamente para sostener el vicio.

Andaba por Garibaldi, Lagunilla, Tepito. Las rutinas eran levantarme bien cruda y me metía al mercado de Garibaldi por un caldo que me regalaban unas amiguitas que tenía ahí. Solo tenía que conseguir un vaso, pero como no tenía ni para eso, lo buscaba una en la basura. Me alivianaba y otra vez me aventaba dos, tres días sin dormir”, explicó la directora de Casa de la Muñecas Tiresias.

La piel de su cuerpo se iba quemando por el sudor, las plantas de los pies ardían a tope igual que las coyunturas del cuerpo. No bañarse, no comer, no hidratarse y no tener un lugar para dormir fue deteriorando poco a poco la salud de Kenya, sin embargo, la rutina de la calle se volvió su forma de vida. 

“Me acuerdo que no me dejaban entrar a ningún lado, mi presencia era una molestia para la gente, pero no faltaba cuando te llevaba el cliente chido, íbamos al hotelito toda la noche y al día siguiente ya salía con la prenda bien húmeda porque la había lavado en la regadera, o no faltaba el chacal que me llevaba al hotel y me dejaba estar fumando y aparte me dejaba un billete. Un día chido en la calle es cuando tienes para drogarte. Me emocionaba dormir en una camita, bañarme con agua calientita, y fumarme unas piedras sin preocuparme. Aunque al día siguiente otra vez iba dormir en donde me agarrara el sueño. Es una forma de vida y el ser humano se acostumbra a todo”, explicó Kenya a Once Noticias  

Esta forma de vida la llevó desde los diez años hasta los 28 años, por eso la reconocen en las calles, y por eso es difícil engañarla o darle alguna vuelta mareadora. 

 

La cárcel 

En enero del año 2000 ya trabajaba con sus amigas “Cuicuiri”, “Juana” y “La Pelos”. Comenzaron a organizarse para entregar folletos en el Metro y así juntar un poco más de dinero. Un día antes Kenya había ido al hotel, por eso traía la ropa medio limpia. En una mesa de Garibaldi había seis personas que, dijo de Kenya, venían del Congreso que está a la vuelta, les hizo el “choro” del folleto, cada persona le dio un billete de 500 pesos. 

Me fui con tres mil baros, me dieron su tarjeta para que les llamara y no sé qué tanto más. Pues, así como salí, que me regresé al Callejón de la Amargura (a comprar crack) y en ese momento entró la policía en un operativo. La que vendía tiró la bolsa y quedó junto a mí, todos quedamos en el piso. Me levantaron y la policía dijo que yo también vendía. Me sacaron con la bolsa y me llevaron directo al Reclusorio Norte”, indicó la defensora de derechos humanos. 

A los 15 días en el reclusorio, Kenya respondió a una agresión con navaja y la trasladaron a Santa Martha.

“Me metieron al “hospital” para ver a donde me iban a mandar. Cuando llegué conocí a Pamela, ella me dijo que me veía muy rara y me puso maquillaje. Yo no sabía cómo era la cárcel y cuando me vio uno de los custodios me dijo que por qué estaba maquillada y le respondí que era una chica trans. Me pasaron a conductas especiales y al otro día me mandaron al castigo. O sea que yo a Santa Martha no llegué a población, sino directamente al castigo por estar maquillada”, comentó Kenya. 

Mientras estuvo presa tenía que lavar ropa a mano, los pantalones de mezclilla costaban un peso. Poco a poco fue moviéndose y durante los días de visita taloneaba con el folleto o iba a la tienda, buscaba a los familiares presos de las visitas, pero al terminar la jornada se seguía drogando. Fue hasta el año 2004 que dejó las drogas. Pero siguió siendo bien peleonera dentro de la penitenciaría, defendía.

“Estaba encerrada en un cuarto chiquitito, sin luz y donde te pasan la comida por un hoyo. Ahí es donde yo pensaba que algún día iba a hacer algo, me daba mucha impotencia. Ya te imaginaras, ideando en un cuarto oscuro por semanas. Siempre estaba castigada”, recordó.

En Santa Martha empezó a cuidar a las personas con VIH, se dio cuenta de que nunca los atendían y los ponían en el cuarto de despegue, “al fondo, donde las enfermeras no las escuchaban”. Kenya comenzó a lavar el cuarto, a cambiar de ropa y de pañales a sus compañeras y compañeros. No había internistas, ni medicamentos. 

“Como 200 personas vi morir por esas situaciones, muchos otros se mataban de la desesperación. Yo pensaba que tenía que hacer algo. Me aferre, me aferre hasta que llegaron las organizaciones ‘Movimiento Mexicanos y Ciudadanía Positiva’ me acerque y me formaron como vocera en prevención de VIH dentro de la cárcel”.

 

El activismo

Kenya salió de prisión en el año 2010, regresó al trabajo sexual en las calles y también buscó a estas organizaciones, pero no le podían dar un sueldo. En su camino conoció a Andrea González de la Clínica Condesa y acordaron trabajar en equipo. Kenya salió de la clínica con condones y pruebas rápidas de VIH para que las trabajadoras sexuales tuvieran algunas prevenciones y cuando regresaba a la clínica era con alguna compañera que decidía iniciar su tratamiento.

Me gustaba ir a trabajar en la noche y en la mañana dar el acompañamiento, era muy pesado, pero también era algo disfrutaba mucho. Si las veía muy mal me las llevaba a la casa de Chimalhuacán, donde recibía a varias chicas. Fue así como empezó el albergue, aunque todo el tiempo me sostenía por el trabajo sexual”, aclaró Kenya Cuevas.

En el año 2016 fue testigo del asesinato de su compañera Paola Buenrostro, quien murió por una herida de arma de fuego. El asesino, Arturo Felipe Delgadillo Olvera fue detenido con el arma en la mano, pero al día siguiente el juez Gilberto Cervantes Hernández lo dejó en libertad. Kenya comenzó con movilizaciones para exigir justicia por el caso de Paola, pero poco a poco se fue organizando con más compañeras y así dio inicio su lucha en defensa de los derechos.

Arturo sigue prófugo y es uno de los motivos que le ha traído consecuencias porque ha recibido amenazas y agresiones de muerte. Pamela, la compañera que la maquilló en la cárcel fue asesinada dentro de su casa en Chimalhuacán y eso obligó a Kenya a desplazarse.

En su lucha ha logrado albergues, apoyos de grandes organizaciones y también ha impulsado importantes cambios en las legislaciones como hacer que la fiscalía capitalina catalogue los crímenes cometidos contra la comunidad trans, como transfeminicidio, parque se lleven protocolos de investigación específicos y con perspectiva de género.

Todo lo vivido fue como una escuela para al final mostrar de que estoy hecha. Todas esas herramientas que adquirí a lo largo de mi vida son para ayudar a las trabajadoras sexuales, para las personas que están en la calle, que son adictas o que están presas”, expresó Kenya Cuevas.

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