Reportajes especiales

Mujeres amuzgas, una pasión por la tradición textil

Los textiles y el telar de cintura son una tradición a la que se dedican principalmente las mujeres de la comunidad indígena amuzga, tal es el caso de Gabina

Los textiles hechos con telar de cintura es una tradición de la comunidad amuzga o amochco, de los estados de Guerrero y Oaxaca. Sus característicos huipiles y blusas hechos con hilos de algodón, paciencia y mucho tiempo de trabajo, es lo que sostiene a las familias de esta comunidad indígena.

Son las mujeres las que principalmente se dedican a esta artesanía, tal es el caso de Gabina Valentín. Ya la han entrevistado antes, pero la emoción siempre la invade. Su taller se ubica en el sur de Ciudad de México, en el Ajusco. Expresa su preocupación porque quería montar su telar, pero le llevaría al menos dos o tres horas.

Gabina se acomoda en una silla a un lado de un huipil que tiene montado, “es de una amiga mía”, señala. Comparte que se pone nerviosa porque no sabe escribir y su hija es quien le apoya. Al conversar sobre los objetivos de la charla, la tranquilidad vuelve a sus ojos. Se acomoda.

“Este es el huipil típico, el que traigo, señorita. Son los colores típicos, más fuertes. Ahora están de moda los colores pastel por eso este huipil [señala el que tiene montado] tiene colores más claros”, indica para comenzar a platicar sobre la tradición textil.

Gabina Valentín López tiene 53 años y es originaria de Xochistlahuaca, Guerrero, en la Costa Chica. Pertenece a la comunidad indígena de los amuzgos o amochco. Según datos de la Red Nacional de información Cultural (SIC-México) hasta 2019 registró una población de 42 mil 109 personas hablantes de amuzgo.

Este mismo sistema registró que la población amuzga se distribuye en Guerrero y Oaxaca. En el estado de Guerrero la población se distribuye en la región sureste en Xochistlahuaca, Tlacoachistlahuaca, Cosuyoapan, Zacoalpa, Chochoapan, Huehuetono, El Pájaro, Las Minas, Cerro Bronco, Guadalupe Victoria, Guajentepec y Pueblo Nuevo. Al oeste de Oaxaca se encuentran en los municipios de San Pedro Amuzgos y Santa María Ipalapa.

Doña Gabina llegó a la Ciudad de México a la edad de 16 años. Salió de su pueblo huyendo.

“Es una historia muy larga, pero yo salí huyendo porque no me gustaba mi papá, más que nada, muy machista. Ya ve que allá la costumbre es que ellos mandan, entonces no me gustaba y veía cómo trataba a mi mamá. Eso, ya no me gustaba la vida de allá y por eso me vine”, comparte.

Aprendió a tejer Gabina a los 9 años de edad.

“Yo jugaba, me gustaba cómo mi mamá tejía, entonces ya empecé a tejer. Así con un metro de telar y así empecé. Mi mamá se dedicaba a tejer y mi abuela también”, confiesa.

A llegar a la Ciudad, Gabina se insertó al trabajo doméstico como muchas otras mujeres indígenas cuando salen de sus comunidades y migran a zonas urbanas. Según datos del Informe sobre la situación de los derechos de las personas trabajadoras del hogar en Ciudad de México, realizado en este año, las mujeres indígenas atraviesan una interseccionalidad de brechas.

“Las mujeres trabajadoras del hogar indígenas enfrentan un contexto distinto a las personas trabajadoras no indígenas, primero porque estas personas pueden no hablar español, […] lo que las pone en mayor desventaja […] después porque algunas tuvieron que migrar a la Ciudad de México y no cuentan con redes de apoyo y, por último, porque al tener un salario tan bajo, muchas veces no pueden contar con una vivienda propia o pagar una clínica privada para atender su salud y muchas veces sus embarazos”, detalla el informe.

Gabina no fue la excepción y compartió que cuando llegó a la urbe, “uno llega aquí y en qué más podía trabajar si no tengo estudios, pues no se puede trabajar en empresa. No sabía andar yo solita y no sabía hablar mucho [español], entendía el sí y no, pero hablar mucho, no”.

El trabajo doméstico obligó a Gabina a dejar un poco el telar, aunque cuando tenía algunos ratos libres lo retomaba porque siempre le ha gustado.

“No se puede trabajar en casa y no tenía tiempo para dedicarme al telar. Nunca lo dejé de practicar, en la noche, cuando había tantito espacio. Yo tenía un telar de dos metros y siempre me gustaba tejer”, recuerda.

No obstante, lo retomó de forma definitiva cuando dejó de laborar en el sector doméstico y su hija terminó la universidad. Fue así que decidió montar su taller.

Gabina comparte que durante muchos tiempo han sido las mujeres las que se dedican a los textiles y telares, aunque señala que los hombres han comenzado a trabajarlo; considera que “el machismo bajó un poco y ahora niños y adultos hombres trabajan el telar”, aunque reflexiona que las mujeres jóvenes han perdido un poco el interés para dedicarse a ello.

El proceso

“Me encanta, es mi pasión, me gusta mucho trabajar el telar porque se me olvidan los problemas, me relaja”.

Así lo afirma Gabina mientras sus mejillas se enrojecen como si tal confesión detonará sus sentimientos más íntimos.

Y es que el proceso es lo que detona su pasión: la paciencia, las horas de trabajo, la espera, los colores, las texturas, los olores que salen al cocer los materiales para hacer los teñidos, todo es un cúmulo sensitivo.

Antes de empezar el trabajo Gabina comparte que lo principal es idear lo que se quiere hacer. Posteriormente, se pasa al proceso técnico.

La mujer comparte que el valor de este trabajo radica en lo artesanal, por lo que muestra las cabezas de algodones sacadas de la planta y que deben pasar por un proceso de limpieza, se sacan sus semillas una a una. Posteriormente, se extiende sobre un petate con hojas de plátano para “golpear suavemente” el algodón, cuyo objetivo es que se esponje.

Una vez realizado ese paso, se procede a sacar el hilo de algodón (cuya forma se hace alargado, por lo que se llama kantu que significa “cola de serpiente”) a través del malacate que al girarlo va hilando este material. Doña Gabina acomoda el hilo, porque le gusta que no queden bordes o bolitas, sino parejo, porque afirma que se ve más bonito el trabajo.

Después hace las bobinas que alimentarán el telar -el hilo se enreda en una pequeña bola-. Posteriormente, “hay que urdir, por lo que se clavan estacas en el suelo para enredar sobre ellas los hilos de tela. Luego, cuando ya está el urdido hay que montar el telar de cintura para empezar a tejer”.

Los hilos pueden ser teñidos. Esa técnica, confiesa, la aprendió en un curso. Así también aprendió costura, en una escuela por tres años, para hacer más estilizadas sus creaciones.

Doña Gabina afirma que la característica principal de esta tradición amuzga es la representación de lo que observaron sus antepasados: en los dibujos se aprecian epazotes, flor de calabaza, venados, pájaros o águilas de dos cabezas. Además cada creación es una pieza única, nunca será igual a otra.

El trabajo le puede llevar algunas semanas, meses o hasta un año, como un huipil que hizo con los hilos de algodón y que tiñó con tintes naturales. Depende también las horas que le dedique.

De sus dos hijos, su hija mayor es la que aprendió a trabajar, aunque confiesa que le cuesta mucho tejer. Sus hermanas de Gabina también se dedican a los textiles.

Un problema que identifica Gabina son los intermediarios que suelen ir a la comunidad a comprar con precios muy bajos -la gente suele venderlos a precios muy por debajo de su valor por necesidad- y que los venden en la ciudad o en otros lugares lejanos, al triple.

Doña Gabina afirma que desea que se preste atención a las mujeres amuzgas para que puedan vender sus textiles, porque considera que su trabajo no es valorado.

“Yo quiero espacio donde yo pueda ayudar a mi gente para vender sus piezas, porque es muy difícil de las mujeres del pueblo vendan. Ojalá que nos den lugar donde podemos ofrecer nuestras piezas, porque de verdad que las mujeres nos dedicamos a tejer, no hay trabajo, este es nuestro trabajo y de eso vivimos y mantenemos las casas, a nuestros hijos”, concluye Doña Gabina, quien suele vender sus productos en las ferias de pueblos indígenas de la Ciudad o entre las personas curiosas que se acercan.

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