Reportajes especiales

Persevera la memoria textil de mujeres zapotecas en valles oaxaqueños

Sara Columba Irma Martínez cumplía 35 años de casada con Don Lupe. Recuerda con sus ojos llenos de tiempo, que aquél día su mamá había terminado el vestido: blanco, con una larga cola y de mangas cerradas. Sus amigas le ayudaron a bordarlo y fue por la mañana, antes de la unión, que lo terminaron. Tardaron un mes en confeccionarlo en San Antonino Castillo Velasco, Oaxaca.  

Doña Irma, como le dicen de cariño los del pueblo, aunque para su esposo es “Mimi”, aún lo tiene colgado en su ropero. Don Lupe fue por él para mostrarlo y atestiguar los recuerdos de ese lejano día.

El vestido se conserva intacto, es de algodón. “Mira los bordados, ellas lo hicieron”, señala Doña Irma, mientras acerca su vestido y deja observar esos detalles bordados de flores blancas que lo hacen único. Para la foto, se recogió su cabello grisáceo, y se puso aquel vestido que resaltaba su piel tostada por el sol de los valles.

En medio del jardín y frente a unos árboles frutales, doña Irma decidió lucir el vestido que 35 años atrás usó en la celebración de su boda. Orgullosa y bajo el temple que la caracteriza, decidió dejarse tomar una fotografía con el vestido blanco que resguarda la memoria de su pueblo y el amor de su madre.

Doña Irma tiene 69 años y es originaria de San Antonino Castillo Velasco, una localidad que se ubica en los valles centrales de Oaxaca, a 35 kilómetros de la ciudad principal. Ella como muchas mujeres del pueblo borda blusas y otras indumentarias, como una guayabera que hizo para Don Lupe, “es que el sábado toca con la banda del pueblo, la hice a ratos”, explica a Once Noticias.

Desde muy pequeña migró con su familia, como muchos otros indígenas de la región, a la Ciudad de México, en búsqueda de mejores oportunidades. Su mamá trabajaba haciendo bordados típicos, “recorrió gran parte del país. Ella disfrutaba que yo usara la ropa porque era su modelo. Así conseguíamos ventas muy locales. Me quedó el gusto que ella me heredó”, confiesa al recordar efusiva a su madre. Apenas, hace algunos años, regresó a vivir a su pueblo.

El bordado de San Antonino es especial y característico de los pueblos zapotecos de este lugar.

“Es un bordado muy especial, es diferente. Ahora el bordado es mundialmente conocido y se vende mucho. Hay cosas muy especiales de este bordado y muchos pueblos vienen a aprenderlo”.

 

“Nuestro bordado es dado por la naturaleza misma”

La técnica característica de este bordado que lo hace distinguirse de otros es el ‘hazme si puedes’ y su diálogo con la naturaleza. Doña Irma muestra una blusa para señalar la técnica: “esos muñequitos que ves son el ‘Hazme si puedes’. Es muy tardado y hay que ir contando”.

Los motivos y los diálogos con la naturaleza son fundamentales. Recuerda que en la indumentaria tradicional se copian elementos de la naturaleza, principalmente flores.

“La gente que empezó a bordar estos vestidos, copian una amapola y todos su matices. Un tulipán, mira, estos se llaman gallitos”, expresa.

El color que se usa para las flores busca imitar los matices y contrastes de las flores que hay en el campo.

Ah, estos tienen fiusha, pero en el centro es un color más profundo y así lo bordan las mujeres. Antes se usaban hilos de algodón. Ahora se usa una variedad de hilo que se llama seda, es sintético, le da el brillo”.

Lamenta que con el tiempo se ha dejado de usar el hilo de algodón y que ahora lo que más importa es bordar colores brillantes sin combinarlos, “pones un color brillante, otro que contraste y ‘sanseacabó’”, relata la mujer.

Sin embargo, el verdadero bordado San Antonino tiene la esencia de hablar de su entorno, de la naturaleza.

El color de las flores, el color del campo verde. Todos los colores son diferentes. No es un verde parejo, hay algunas que lo bordan de un solo color y te da rapidez, pero si tú notas en la naturaleza hay matices: las flores tienen muchos colores”, afirma Doña Irma al señalar cada flor de las blusas.

Una de las flores que suele dibujarse en los huipiles o en las blusas son los de pensamientos. Antes también se dibujaban pájaros, aunque en la actualidad ya casi no se hacen.

“Hay una comisión que viene, que son como supervisores de trajes típicos, para elegir los que irán a la Guelaguetza. Ellos vienen a calificar. Una vez le rechazaron a una campesina su traje porque el color estaba muy apagado. La mujer me decía “cómo ves, vienen y que dicen que sólo color brillante van a aceptar en la fiesta. ¿No se han fijado todos los colores que hay en el campo? Hay flores muy tenues, ¿qué no es cierto?’ Me dijo, y pues claro, ella es observadora, ella trabaja en el campo y sabe cuáles son los colores”, comparte Irma su anécdota con una campesina.

Doña Irma borda, pero lo hace a su tiempo, con la calma de las tardes calurosas del valle, por gusto, aunque algunas veces dijo que es complicado vivir de dicha artesanía, porque se paga poco y el trabajo es mucho.

 

Bordado que radica en la memoria

Anita, historiadora del arte, desborda alegría al hablar de los textiles de San Antonino Castillo Velasco, localidad en la que habitan 6 mil 064 personas, según el último censo de población.

Anita explica que las técnicas del bordado se heredan desde el virreinato.

“Los grupos prehispánicos hacían algunas puntadas con espinas y se hacían tejidos con el telar de cintura. No obstante, las técnicas que conocemos ahora, se desarrollan a partir del virreinato, son técnicas que provienen de occidente”.

La historiadora zapoteca describe que después de la Revolución Mexicana hubo un boom de las artesanías, como parte del proyecto nacionalista que buscaba afianzar el indigenismo. Al respecto señaló que “había un instituto en Oaxaca de señoras burguesas que daban talleres a los pueblos para que las mujeres hicieran sus propios bordados. En la primaria se daban esos talleres, era parte de la formación de los oficios”.

Las técnicas del trabajo en San Antonino han cambiado sustancialmente, por ejemplo, en la actualidad se trabaja con tela popelina, una tela sintética, porque es más barata. Antes se trabajaba con tela de algodón.

En el bordado se dibujan flores como los pensamientos, aunque son originarias de Occidente, señala que han sido apropiadas en el bordado del pueblo como una característica principal.

Cajón, mangas, el bordado de relleno es el bordado base, el ‘hazme si puedes’ –hay una técnica parecida que se hace en Tlacolula– que es muy difícil. En las blusas más elegantes se utiliza esa técnica. Mira el bordado del punto de relleno, es un punto básico y se hace en diversos pueblos del Valle. Antes el punto del relleno se hacía de forma más metódica, luego fue más en línea. Las personas vienen a San Antonino a aprender esta forma de bordar”, afirma.

El dibujo es fundamental porque parte de la técnica es dibujar cada pieza. Ninguna blusa, huipil o camisa es igual. La historiadora enfatiza que “los dibujos se empezaron a compartir entre los pueblos”. Algunos pueblos toman características de otros, es parte del intercambio que hay entre cada pueblo que conforma a este enorme valle zapoteco. Anita lamenta que muchas veces los bordados no se pagan como deberían ser lo que dificulta que las familias puedan vivir sólo de eso.

Anita también borda, le enseñó su abuela. Y es que el valor de esta tradición zapoteca radica en que es una memoria que se comparte y que pasa entre generaciones.

“Cuando me acerqué a mi abuela para aprender a bordar, me contó cómo empezó a hacerlo, cuáles eran los métodos, las técnicas y sobre las personas que lo hacían. Ahí comprendí el valor de la memoria, porque en el hacer, en el bordar, ahí está lo valioso. En el hacer está el valor de nuestro pueblo”, subraya al mostrar la blusa que le hizo su abuela.

 

Prácticas que se comparten entre pueblos

Tanto Doña Irma como Anita aseguraron que muchas mujeres van a San Antonino para aprender las técnicas del bordado y luego llevarlos a sus comunidades. Tal es el caso de Jazmín, quien hace 15 años al llegar a los valles centrales con su familia aprendió las técnicas para hacer artesanías.

Aquí en el Valle se hace deshilado, bordado y tejido. El tejido lo hacemos en el cuello, con el gancho. Yo aprendí hace como 15 años. Su característica principal es hacerlo a mano. No hay una máquina que elabore este trabajo, aunque sí hay máquinas para el bordado pero no para el deshilado”, explica Jazmín.

Esta artesanía y la siembra es el sustento de Jazmín y su familia. Ellos habitan en San Juan Chilateca, un pueblo cercano a San Antonino. La mujer comparte con Once Noticias que el trabajo no es sencillo y puede llevarle mucho tiempo.

“La prenda más sencilla, como esta blusa que tiene el bordado, el tejido y la costura, me tardo como una semana en hacerlo. Cuando es una prenda más laboriosa, nos tardamos a veces como dos o tres meses. Hay blusas con bordados más tupidos y lleva un tejido y un deshilado, entonces ahí hay que sacar hilo de la tela para rellenar con otro hilo”, menciona.

Presume que su hija, aunque todavía joven, aprendió a hacer la técnica del deshilado y también sabe coser a máquina. “Incluso participó en un concurso en San Bartolo”, dice Jazmín mientras muestra algunas de sus blusas.

No obstante, el trabajo requiere gran dedicación y suele pagarse poco si se vende sólo entre pueblos. Sus blusas se venden para el turismo extranjero. Su esposo, por ejemplo, expone que una vez hizo un vestido que le llevó muchos meses y lo vendió en 7 mil pesos:

Me llevé mis ojos ahí, pero me gustó mucho el resultado. La artesanía la vendemos fuera porque aquí sería imposible. Es un trabajo que lleva mucho tiempo y mucha dedicación, por eso suele tener así sus precios”, asegura.

Cada pueblo tiene sus propias técnicas y sus propios métodos, sin embargo, es a través de la memoria textil, donde se transgreden las fronteras imaginarias que los dividen; los pueblos zapotecos de los Valles Centrales de Oaxaca se reencuentran en sus bordados, en sus colores, en sus tejidos y en sus historias.

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