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Restauración de figuras de ‘Niño Dios’, oficio que se mantiene por generaciones

Foto: Karen Jaramillo

Isidro Rufino López, coyoacanense, se dedica desde hace 30 años a dar nueva vida a las esculturas de Niños Dios, que entregan en sus manos. Aprendió el oficio entre el acierto y el error, aunque también de la mano de expertos en la materia.

“A mí me enseñó el señor Felipe, en su casa del Estado de México. Él tenía un taller y aprendí a trabajarlos poco a poco, yo tenía como 30 años cuando hice el primer intento. El primer Niño Dios que me dejaron reparar no me quedó, le decía yo de sobrenombre ‘El niño Pele’, era uno morenito y peloncito fui con el señor Felipe para que me corrigiera los detalles y si hubo muchas rectificaciones”, confía a Once Noticias.

Sus manos ahora reparan delicadamente con pincel, aerógrafo y yeso, relieves de niños Dios y con ello retoca, los labios, las cejas, las manos.

“Hay algunos niños Dios que llegan descuartizados, otros llegan con raspaditas de dedos, a otros les faltan dedos, y uno tiene que volverlos a moldear, quitarles el yeso malo y meterle yeso bueno para ponerle los deditos”, indica durante una tarde de domingo.

Conocido desde siempre como Don Rufino, agrega que comúnmente son mujeres quienes entregan como un gran valor preciado estas esculturas.

Foto: Karen Jaramillo

“La mayor parte son mujeres grandes, esta tradición se ha ido perdiendo, ahora el material es más caro y se cobra mucho más, tan solo para comprar pestañas, es caro, también hay que comprar pintura especial y yeso cerámico que por aquí no se encuentra”, lamenta.

Entrevistado en su taller, instalado de manera temporal al exterior del mercado “Pescaditos”, en colonia Pedregal de Santa Úrsula Coapa, en la alcaldía Coyoacán, señala que compra en los Reyes, Estado de México, este yeso cerámico que da una nueva vida al niño Dios.

Creyente, Rufino, reconoce que antes de empezar a restaurar se encomienda a Dios y pide de su permiso para empezar la jornada laboral: “yo me encomiendo mucho a mi Dios para que me dé la habilidad y la sabiduría para hacerlo bien”.

Ahora, con una tradición mermada, que se niega a desaparecer, dice que al día puede restaurar hasta a 30 niños Dios.

“Hay que darles un tiempo, después de que se restauran, hay que darles una lijadita, para que se ponga más terso, luego la pintura, antes recibía unos 50 o 60 al día, ha disminuido la mitad, esto de la creencia se va perdiendo, por cuestiones tecnológicas y por tantas religiones que hay y la economía”, dice mientras vuelve a sonreír.

“Ya no es un buen negocio y se ha convertido en un trabajo de ocasión”.

El artista cobra por restaurar un niño Dios del número 60 un promedio de 450 pesos, pero dice, a veces es mejor comprar uno nuevo que repararlo, no obstante, la Fe y el valor estimativo hace que las personas se apeguen a las esculturas.

“Según cuenta la tradición que el niño Dios debe de ser regalado siempre para que tenga valor y esa persona que te lo regala y esa persona que lo hace debe de ser muy allegada, muy cercana a ti, muy querida y ese es el valor estimativo”, dice.

Foto: Karen Jaramillo

Su trabajo no está exento de dificultades, pues los niños pueden “enchinarse” término que se refiere a cuando el moldeado se “arruga” y poco a poco se va acabando la vista porque hay que restaurar muchos niños chiquitos y el thiner afecta porque se inhala mucho thiner”, comenta

A don Rufino le pasa como a los meseros o a los cocineros de restaurante en fin de año, pues en su casa ya no se arrulla al niño Dios, ni hay tamales el Día de la Candelaria, pues “hay que estar trabajando”.

De acuerdo con la tradición, las personas acostumbran, en muchos hogares levantar la figura del niño Dios, del pesebre del nacimiento, colocado desde el 24 de diciembre y en compañía de los padrinos, previamente elegidos, se viste a la escultura para que esté lista el 2 de febrero, Día de la Candelaria, durante esa fecha tanto madrinas como padrinos llevarán a vestir a niños Dios y a bendecirlo en una iglesia.

El 2 de febrero marca el término de un ciclo de 40 días desde el nacimiento del niño Dios.

“En mi casa no hay tamales, hay ocasiones en las que tenemos que trabajar el tres o el cuatro de febrero, entonces no hay la tradición de ir por los tamales, si acaso alguna clienta, luego nos trae un tamalito o un atole y un trago y a seguirle y un trago y a seguirle”, señala.

Este oficio no está libre de sucesos extraños, López recuerda que hace un tiempo, tal vez hace 18 o 20 años, un niño Dios ‘se le escondió’ atrás de un anaquel, llegó el día de la entrega y por más que lo buscó, no lo encontró.

“Ya estaba acabado, vestido y todo, llegó la clienta y pues le dije que no lo encontré, fui honesto y le dije, ‘Dígame como reparo ese daño’ total que la señora me dijo, ‘no importa deme un niño igual’ y al año siguiente el niño apareció ahí en el anaquel vestido y todo en su sillita era un doctor, eso me quedo muy marcado”, recuerda.

Por último, señala que cada restauración de cada niño Dios le deja muchas amistades, incluso de distintas entidades de la República, pues, su trabajo ha viajado a distintos estados.

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